RECORDAR ES VIVIR
La realidad es un incesante fluir y transformación de las cosas, decía Heráclito de Éfeso, todo cambia nada es estático ni perenne, en ese cambio está presente el problema de la dualidad pues invariablemente existen elementos contrarios que luchan entre sí, está, por ejemplo, lo bueno y malo.
En la vida de cada ser humano el cambio implica el enfrentamiento entre lo bueno y lo malo que se imponen como factores decisivos en las manifestaciones de resistencia, es una lucha de estire y afloja que nos lleva a encontrar el equilibrio o a la zozobra continua.
Bajo esa línea de pensamiento quiero expresar mi experiencia de cómo llegué a la docencia y las implicaciones que ese cambio tuvo en todos los ámbitos de mi vida.
Estudie la licenciatura en Economía en FES-ACATLAN, pertenezco a la generación de la llamada década perdida (1981-1985), las realidad nos recibió con un portazo de la crisis en pleno rostro. La mayoría de mis compañeros tuvimos serios problemas para encontrar un trabajo que se relacionara con la carrera, –como es natural, todos deseamos trabajar en el área de nuestra formación- de ahí que nos ubicamos donde pudimos.
En mi caso trabajé un tiempo en un despacho de contabilidad y posteriormente, con la experiencia mis opciones fueron mejorando, en el último empleo que tuve antes de ingresar a la docencia, sucedió un encuentro fabuloso con uno de mis compañeros y gran amigo de la universidad que resultó ser el esposo de la directora de la preparatoria donde actualmente laboro.
Cuando nos vimos para saludarnos y platicar nuestras experiencias, él me dijo que debería cambiar de giro en mi trabajo y me ofreció platicar con su esposa, quien ya me conocía y sabía de mi responsabilidad en el trabajo, por eso ella no dudó en proponerme horas clase. En ese sentido puedo decir que mi ingreso a la docencia fue, como el de mucho de mis compañeros, muy azaroso.
Si bien mi ingreso a la docencia fue al azar, no fue por necesidad de tener un empleo, pues me encontraba laborando en una empresa privada percibiendo un ingreso mayor que el obtenido por las horas clase. De hecho, no renuncie a ese empleo hasta seis meses después, me di tiempo para sentirme segura de que realmente me gustaba y, sobre todo, que podía ejercer ladocencia.
La docencia significó un cambio muy profundo en mi vida, empezando con mi familia, todos se sentían muy orgullosos de tener una maestra en casa, eso es una satisfacción incalculable.
Pero ahora había que enfrentar el reto de trabajar con jóvenes, un reto nada fácil dado las características que presentan (inquietud, aburrimiento, desdén, inestabilidad, etc.).
Ingresé a la docencia en 1995, y mis primeros acercamientos para mi formación docente fueron los cursos de actualización inter semestral, a los que asistía con el interés ávido de aprender formas diversas de enseñar, desafortunadamente no cumplían con mis expectativas. Dos años más tarde ya me encontraba estudiando un diplomado en docencia, fue una experiencia muy rica, pues aprendí formas de enseñar en las que el alumno es el protagonista en el proceso de enseñanza aprendizaje, de ahí en adelante seguí buscando cursos que me ayudaran a enfrentar mejor los problemas de aula.
En esa búsqueda encontré la Maestría en Ciencias de la Educación que curse en el Instituto Superior de Ciencias de la Educación en el Estado de México. Experiencia muy enriquecedora, pero no en el área de la docencia, sino en la investigación, no obstante, me permitió ser autónoma en la búsqueda de herramientas de apoyo a mi docencia.
La docencia ha sido un reto constante, una búsqueda continúa de herramientas que favorezcan el encuentro diario con los alumnos. Ha sido también, un espacio de grandes satisfacciones: cuando me encuentro con ellos, después de que han concluido su bachillerato, y me saludan con gran cariño y respeto, recordando los regaños y las experiencias académicas: cuando me dicen que van estudiar Historia porque les gustó la forma en que la enseño o economía porque quieren desenvolverse como yo lo hago, eso no se compara con nada.
Trabajar con jóvenes es siempre tonificante, rejuvenece el espíritu, no hay sensación más placentera que vivir el cambio junto a ellos y con ellos.
Para mi llegar a la docencia fue encontrarme, mi aburrimiento llegaba al límite cuando la docencia me salvo. Amo lo que hago y amo a los que posibilitan que lo haga, es decir, a los alumnos. Aunque, en ocasiones, creo que espero demasiado de ellos y siento frustración cuando no cumplen, pero me armo de paciencia y los espero para acompañarlos con su paso no con el mío.
El ejercicio de la docencia me ha permitido recorrer caminos inhóspitos, pero también un lugar seguro, grato, de inmensas satisfacciones que hacen sentirme útil a la humanidad, me ha ayudado a expandir mi mente para conocer más de las ciencias y el mundo que nos rodea, principalmente, a los seres humanos, por eso la docencia me permitió confrontarme conmigo mismo y encontrar la alegría en lo que hago.
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